La represión no tiene fronteras, menos aún la solidaridad


(Euskaraz) La represión no tiene fronteras, pero aún menos fronteras tiene la solidaridad. A pesar de ser muchos los disfraces, excusas, discursos, mentiras…, la violencia estatal responde a una única estrategia global. De ahí debemos aprender nosotrxs también, por encima de las distancias geográficas o ideológicas que nos dividan, a dar una respuesta global a todas las manifestaciones de la dictadura empresarial mundial. Después de todo, por encima de los matices, si el enemigo de todxs es el mismo, debemos hacer frente a ese enemigo juntxs. Cuando sea vencido habrá tiempo para esos matices.

En Euskal Herria las últimas víctimas  de la represión han sido lxs miembrxs de Askapena. Su delito, después de pasar la escoba a la basura difundida por los medios, es vivir el internacionalismo a diario, abrirse desde Euskal Herria al mundo y traer esos mundos conocidos también a Euskal Herria. En esta tierra estatalizada son los Estados los únicos con derecho a dar a conocer la “realidad”, o, si no, aquellxs que siguen con lealtad el guión impuesto (pongamos, el último Premio Nobel de Literatura). Dicho de otra manera, sólo es aceptable el intercambio de información que los supremos intereses empresariales dan por buenos para los negocios. Por eso es peligroso, y algo a evitar con todas las armas del Estado, que los pueblos se hablen por sí mismos y sin intermediarios. Porque los pueblos fácilmente ven que, por encima de las fronteras artificiales inventadas para esos negocios, son más las características, situaciones, problemas, preocupaciones, luchas, sueños… que los unen. Y tal vez, y eso sería lo más peligroso, pueden darse cuenta de que tienen suficiente fuerza como para utilizar estrategias unificadas y vencer en el camino hacia la libertad. Por tanto, aunque de fijarnos en los matices pueden haber diferencias ideológicas, vaya desde aquí toda mi solidaridad con todxs lxs miembrxs de Askapena encarceladxs por España. Porque el internacionalismo no es delito.

Por otro lado, en Chile aún están en prisión o bajo distintas medidas cautelares las últimas 14 víctimas del montaje comunicativo-policial detenidas el 14 de agosto. Su delito consiste en ser libertarixs, antiautoritarixs o anarquistas. No lxs conozco y no sé a qué se dedicaba cada unx de ellxs anteriormente. No es lo más importante. Porque en esta historia de la violencia estatal los nombres y situaciones personales son lo de menos. Al parecer, esxs que según el fiscal formaban una “asociación ilícita”, en algunos casos ni siquiera se conocían, pero eso tampoco tiene importancia, igual que carece de importancia que todas las teorías de ese fiscal showman que pasó de cocainómano a fiscal anti-narcotráfico no tengan ni pies ni cabeza. Los Estados necesitan enemigos, internos o externos, para vender la mentira de la seguridad, alimentar el negocio carcelario, justificar los sueldos policiales, fortalecer la cohesión social, alimentar el patrioterismo y calmar las conciencias de “los ciudadanos honestos”.  Esas explosiones que de vez en cuando causan pequeños daños materiales, rompen algunos cristales o asustan a algún despistado no asustan al Estado, menos aún siendo la única víctima hasta ahora el propio activista (Mauri, no te conocí pero llevo tu dolor en el corazón). Al contrario,  son una excusa perfecta para atacar a los movimientos que realmente le atemorizan. Porque mucho más peligrosos que los actos aislados de algunxs son los movimientos que a diario crean poder popular desde abajo, horizontalmente, sin líderes ni jerarquías, sean blogerxs, radios y televisiones barriales que rompen el cerco de los medios de comunicación oficiales, sean bibliotecas, sean colectivos que crean organización barrial autónoma, sean locales que ofrecen espacios abiertos para la discusión o el intercambio de experiencias, sean okupas que difunden cultura autogestionada… De modo que, sean quienes sean, independientemente de a que se dedicaran, vaya toda mi solidaridad para lxs 14.

Necesitamos a todxs ellxs, tanto allí como aquí, en la calle, porque todos sus aportes son importantes y es mejor poder hacerlos afuera, en el barrio, los colectivos, los blogs, el mundo…, que en prisión.

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