Terremoto en el corazón


El corazón aún se mece al ritmo del terremoto. La tierra nos sacudió a todos: cuerpos, camas, paredes, casas, carreteras, cárceles, hospitales… Hoy lo ha hecho de nuevo. Pero después de que la ciega naturaleza, las placas tectónicas que nada entienden de economía, política, y sociedad dejaran de hacernos temblar, los corazones no han recuperado el ritmo habitual. Y es que, aunque nos haya zarandeado a todos de forma similar, no nos ha golpeado a todos igual. En cuanto a consecuencias la economía y las autoridades no son tan ciegas como la naturaleza y una vez más han cuidado mucho mejor a los ricos que a los pobres. Los hogares de la gente humilde no están construidos igual que los de los ricos; mientras el “saqueo” de los supermercados por parte de quienes no tenían nada se considera delito y sufre la persecución, las “compras” egoístas realizadas por los ricos no son delito, no es saqueo, aunque cree mayor escasez que lo otro. Porque la única acción a castigar es poner en duda la propiedad de las empresas y de los adinerados. En medio de la catástrofe, incluso cuando el dinero no sirve de nada, esperan que los pobres tengan paciencia, no “roben” nada a los ladrones habituales, se porten ordenada y dócilmente, mientras sin agua, sin luz, los alimentos se pudren en los supermercados.

Unamos a eso la violencia de las mafias ladronas adoctrinadas por la brutalidad del capitalismo y tenemos una inmejorable excusa para llenar todo de policías y militares, para hacer creer, con la ayuda del trabajo leal de los medios de comunicación, que el mejor modo de justificar los errores del capitalismo es aumentar la represión y reconstruir el mismo capitalismo despiadado. Ahora se abren estupendas oportunidades de negocio, ocasión inigualable para subir más los precios y aumentar las diferencias económicas.

Y el corazón sigue temblando. El terremoto aumenta mirando entre los barrotes de mi ventana. Porque, al igual que antes en la cárcel, en casa también tengo barrotes. Porque mi casa también se convirtió en prisión. Y esa reja que debía ser para protegerme de ladrones me recuerda que debo seguir inmóvil en casa, sin destino, sin poder ayudar. No es ahora la incomodidad de no poder ir al supermercado, a la tienda de al lado, a un parque, a la feria, a los bares, adonde mis amigos, sino el dolor de no servir para colaborar.

Contemplo por el cristal y en la mayoría de las ventanas que alcanzo a ver descubro barrotes como los míos, pero en las últimas semanas el parecido se limita a la apariencia. Ahora los hierros de mis vecinos y los míos han tomado significados distintos. No sé si ellos utilizan su libertad para ayudar o para recuperar la paz de sus familias, su trabajo, su día a día. No soy quién para pedirles cuentas. Pero a mí mismo sí, me pido cuentas continuamente, y estos días me siento más atrapado que nunca, porque la solidaridad que el corazón me pide se escapa entre esas rejas. Quiere gritar, pero lo único que puede hacer es escuchar las visiones gastadas que la televisión repite.

Entre las alegrías que me quedan, además de las voces solidarias que me llegan desde Euskal Herria, Argentina… y tantos lugares, se encuentran las iniciativas que se están poniendo en marcha. Iniciativas que merecen la pena. Que nos muestran que el mundo puede ser construido de otra manera. Y en ellas no puedo participar más que de ánimo. Y también me queda Vane, siempre tan generosa, siempre con tan buen corazón. Ahora ella es mis brazos y mis piernas y sé que ella tiene tantas ganas como yo para realizar aquello que yo no puedo. Y lo hará, lo está haciendo. En sus ojos, en esa sonrisa sin barreras, mi corazón recupera un poco de paz cada día. La solidaridad no sólo es la ternura entre los pueblos, sino también la ternura entre los corazones. La misma ternura que estos días Joseba Barrenetxea me ha deseado. La ternura conocida y anónima que he recibido de tantos corazones. Eso es, por encima de todo, lo que necesitamos para reconstruir este pueblo sobre nuevos pilares. Al margen de temblores del corazón, incluso entre los barrotes, mis ventanas vierten ternura.

(Gracias a Ariel Dorfman por inspirarme la idea de escribir estas reflexiones).

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